Palabras + Palabras -, edición del 7 de julio
Acaso se deba al interlocutor el que la idea no haya caído con el enorme peso que le corresponde. O no: quizás hubiese pasado ante cualquiera como una idea entre otras, como una observación menor e improbable que puede sacudirse sin demasiado esfuerzo. Al margen de la indiferencia o la desatención con que se la haya escuchado, destacamos aquí su verdad capital, porque lo que dijo Tenembaum es profundamente cierto y plantea un punto de vista ineludible para todo aquel que quiera juzgar las cosas por lo que son.
"No hay un peronismo ideal, utópico: el peronismo es Menem y Kirchner", dice el conductor.
Es inmenso; es sencillo y a la vez enteramente verdadero. Si se quiere, la metafísica sobre la que se apoya la idea afirma "es lo que hay" o "lo que hay es lo que es". Contra todo intento de apuntar el dedo hacia "un más allá" que encarnaría al "verdadero peronismo", hacia un eterno punto de fuga que pueda renovar incesantemente la legitimidad de un nombre y de un partido con la indeterminada y ausente promesa de "lo que debe ser", Tenembaum señala rigurosamente que "lo que ha sido y lo que es" es el contenido concreto, cabal e ineludible de lo que se refiere cuando se dice "peronismo".
Salvo dos, los últimos 18 años han demostrado que "cuando gobierna el peronismo, hace desastres". Es decir: el peronismo ha sido estos desastres que lamentamos, y ya no es lícita -nunca lo ha sido- la excusa de que "eso no es peronismo".
Es aquella que Barrionuevo quiere hacer valer cuando, luego de afirmar que el kirchnerismo es "imbécil", dice que Menem no cumplió con dos premisas del peronismo: el trabajo y la justicia social. Pues bien: el peronismo es, ahora, un partido que no cumple con sus objetivos históricos; el peronismo es, ahora, un partido cuya gestión ha "hundido" reiteradamente a todo el país. Si se acepta el diagnóstico de que los gobiernos de Menem y de Kirchner han fracasado, la conclusión es inexorable: quien ha fracasado es el peronismo mismo.
Es posible que muchos se resistan a ver la fuerza lógica del argumento e insistan con que ni Menem ni Kirchner son el peronismo. La pregunta entonces cae de madura: ¿qué es el peronismo? ¿Quiénes son? ¿Dónde están y qué han hecho? Sobre esto, hay que destacar que con "Menem" y "Kirchner" no se refirere a dos nombres solitarios sino a una gestión entera, a un enorme grupo de gente que, como ellos, también son "hombres del peronismo"; bajo la cabeza visible se articula una estructura operativa que alza la bandera del General. Es fácil imaginar los grandes espacios por los que puede haberse perdido el "verdadero peronismo" cuando "la traición" se reduce a un par de hombres, pero, al considerar las cosas como son, los resquicios se van colmando y ya no quedan lugares por donde pueda haberse escurrido la esencia. En todo caso, una interpretación responsable deberá hacerse cargo del hecho de que la madre santa haya engendrado tantos traidores en su seno.
Por otro lado: ¿cómo es posible que haya que renegar de los nombres más importantes de un partido para entender su naturaleza? Los líderes no son tales por gracia del azar: sólo llegan a la cima de la pirámide quien la conocen mejor; los tronos los ganan los reyes y en su corona se dibuja el perfil de su séquito. ¿En qué claustro se esconden los inmaculados adalides de la causa, ajenos a las gentes y las costumbres del palacio? ¿Cargan ellos también con un ejército de fieles?
Aguardamos a estas furtivas huestes de la Verdad.
Entretanto, destacamos otra justificación que pretende eludir la firme sentencia de Tenembaum: el comodín de siempre, "la democracia es joven, vamos aprendiendo". Quien vea en esto una respuesta, haga el favor de explicarlo; para nosotros no es más que un enunciado cualquiera que en nada atiende a la idea que acaba de plantearse, una afirmación vacía que puede justificar cualquier contenido en pos de un telos incierto pero, curiosamente, mejor.
Por último, Barrionuevo repite jocosamente una frase de Perón: "son tan malos los que nos preceden, que nosotros somos óptimos". "Así de óptimos que parece que son", responde Tenembaum, "cuando agarran el país lo hunden". Barrionuevo contesta "vos tenés razón" y enseguida empieza a hablar de la Argentina que quiere ver, como si con eso respondiese a la denuncia.
La idea no prospera más allá de las palabras del periodista, pero ha quedado dicha y acaso amerite un programa entero, una larga exposición que defina su alcance y derrumbe todas las argucias que pretenden desplazar el contenido fuera de su forma, ubicar la verdad ideal por fuera de sus manifestaciones concretas.
Pero todavía resta un problema: Tenembaum advierte que todo lo dicho puede "sonar muy gorila, y por ahí lo es". Es una concesión tan lamentable como innecesaria.
Sugiere que el valor de lo dicho puede llegar a diluirse en la formalidad del "gorilismo", que el sentido de la idea puede reducirse a una consigna antiperonista que no propone un pensamiento objetivo sino sólo un clamor antagónico. Es ridículo. El fundamento de la idea trasciende el objeto al que refiere; como se dijo antes, todo se apoya en una sólida afirmación: "lo que hay es lo que es". De hecho, ese mismo criterio sirve para objetar a los acérrimos defensores del libre mercado cuando, frente a una inmensa crisis financiera, aseguran que el problema se debe a que no se instituyó el verdadero liberalismo. Lo importante es el argumento y no a quién se aplica. Esto es algo tan básico que no merece ser aclarado y, sin embargo, es la regla que parece desconocer la advertencia de Tenembaum. Quienes asientan a su aclaración, quienes no descubran otra cosa que un nuevo "argumento gorila", delatan su incapacidad para abordar un argumento y son por eso indignos de concesión o explicación alguna.
El necio fervor es mudo ante la fuerza de una idea. Aquí la hacemos valer por lo que es, la hacemos valer por importante y verdadera, para ceñir los juicios a lo dado y no a lo posible y para exigir respuestas ante lo que hay, ante lo que es.
Amigo alejandro, el pollo no tiene auto.
ResponderSuprimirSalut!