La historia es así: Beatriz Sarlo criticó que se cantase la marcha peronista en el acto de asunción de Jorge Coscia como secretario de Cultura. El argumento es simple y certero: la ceremonia consagra a un funcionario del Estado, no de un partido. En una entrevista para Crítica, Coscia replicó con una serie de argumentos que el diario decidió abreviar con las palabras del secretario: "Una idea marchita critica la marchita". La discusión se prolongó luego en blogs y demás, pero, en cuanto a los medios respecta, la "respuesta" de Coscia bastó para cerrar el asunto, o al menos para indicar que había desmerecido la acusación.
Naturalmente, el cierre o el progreso de cualquier polémica sólo puede darse en virtud de su contenido y no de la mera formalidad de una respuesta. En este caso, que el nuevo secretario de Cultura haya respondido no quiere decir que su respuesta valga como tal, es decir, que refute la acusación o pronponga otro punto de vista pertinente.
Concretamente, Coscia arguye que el peronismo es una tradición de la que forma parte y que "en ese salón se entonó la marcha de la Revolución Libertadora, la radical, La Marsellesa" y por eso la marcha peronista también tiene derecho a ser entonada. Pero, por un lado, que forme parte de una tradición política no justifica que la integre a una ceremonia gubernamental que consagra un cargo en virtud de un valor universal -la idoneidad- y no particular -la filiación partidaria-. Es más: casi toda la clase política tiene una "tradición partidaria", tradición que es amaprada justamente por las formas republicanas que dictan esa separación entre gobierno y partido que meniconó Sarlo. Es decir, el primer argumento de Coscia repite aquello que Sarlo ya ha criticado, sólo quiere hacer valer su voluntad particular y arbitraria contra un punto de vista que ya la ha disuelto. La segunda idea -que se hayan entonado diversos himnos- es aun más pobre: quiere justificarse apelando a ejemplos, pero sin dilucidar el principio que supuestamente los hace legítimos. La mera contingencia no puede fundar la necesidad de la ley; en todo caso, los ejemplos sirven para ilustrar y no para justificar, y aun así debe explicarse aquello que están ilustrando.
Coscia luego suma otra idea ya completamente desprovista de argumentación: señala que "la reflexión que hace Beatriz Sarlo ha apelado a un pensamiento marchito que anida en muchos intelectuales". La clave parece estar en "pensamiento marchito", pero nunca indica a qué se refiere. Por último, retoma su "objeción" y critica a Sarlo por hacer "una serie de interrogantes sobre lo que digo, pero lo importante es lo que yo haga". Lo que hizo, justamente, es darle un sesgo partidario a un cargo gubernamental que por definición debe proyectarse más allá de la particularidad del partido.
Hasta aquí, entonces, no hay respuesta alguna y la crítica de Sarlo sigue indiferentemente en pie.
Pero lo que queremos destacar no son tanto los detalles del caso como el que los dichos de Coscia hayan sido tomados como una respuesta válida.
En su edición digital, Crítica advierte sobre una "dura respuesta" del secretario a Sarlo y poné así la atención sobre el insulto y no sobre la idea; el título de la edición en papel -"Una idea marchita critica la marchita"- insiste en la misma dirección: importa el desdén pero no el argumento.
Ahora bien, si se quiere dar cuenta de una discusión, sólo puede importar que la respuesta haya sido pertinente y no "dura", sólo interesa una réplica que como mínimo articule algún pensamiento en lugar de desestimar sin más. Es exactamente lo contrario a lo que sucede en este caso y en tantísimos otros en los que el periodismo sólo se limita a llevar un registro neutro de los turnos en los que habla cada quien, sin entender nada de lo que dicen. Vale así la "forma" y no el "contenido", y esto implica que se puede cumplir con la primera desestimando por completo la segunda. Este criterio abre la posibilidad de que cualquiera pueda responder públicamente sin rendir cuentas por aquello sobre lo que responde, es decir, que sólo simule una respuesta sin darla verdaderamente. Si sólo importan los turnos, las discusiones parecen encontrar su sentido en quién habla último y no en quién habla mejor.







