martes, 18 de agosto de 2009

La Nación y Crítica | Sarlo vs. Coscia

Los artículos referidos están acá y acá.


La historia es así: Beatriz Sarlo criticó que se cantase la marcha peronista en el acto de asunción de Jorge Coscia como secretario de Cultura. El argumento es simple y certero: la ceremonia consagra a un funcionario del Estado, no de un partido. En una entrevista para Crítica, Coscia replicó con una serie de argumentos que el diario decidió abreviar con las palabras del secretario: "Una idea marchita critica la marchita". La discusión se prolongó luego en blogs y demás, pero, en cuanto a los medios respecta, la "respuesta" de Coscia bastó para cerrar el asunto, o al menos para indicar que había desmerecido la acusación.
Naturalmente, el cierre o el progreso de cualquier polémica sólo puede darse en virtud de su contenido y no de la mera formalidad de una respuesta. En este caso, que el nuevo secretario de Cultura haya respondido no quiere decir que su respuesta valga como tal, es decir, que refute la acusación o pronponga otro punto de vista pertinente.

Concretamente, Coscia arguye que el peronismo es una tradición de la que forma parte y que "en ese salón se entonó la marcha de la Revolución Libertadora, la radical, La Marsellesa" y por eso la marcha peronista también tiene derecho a ser entonada. Pero, por un lado, que forme parte de una tradición política no justifica que la integre a una ceremonia gubernamental que consagra un cargo en virtud de un valor universal -la idoneidad- y no particular -la filiación partidaria-. Es más: casi toda la clase política tiene una "tradición partidaria", tradición que es amaprada justamente por las formas republicanas que dictan esa separación entre gobierno y partido que meniconó Sarlo. Es decir, el primer argumento de Coscia repite aquello que Sarlo ya ha criticado, sólo quiere hacer valer su voluntad particular y arbitraria contra un punto de vista que ya la ha disuelto. La segunda idea -que se hayan entonado diversos himnos- es aun más pobre: quiere justificarse apelando a ejemplos, pero sin dilucidar el principio que supuestamente los hace legítimos. La mera contingencia no puede fundar la necesidad de la ley; en todo caso, los ejemplos sirven para ilustrar y no para justificar, y aun así debe explicarse aquello que están ilustrando.
Coscia luego suma otra idea ya completamente desprovista de argumentación: señala que "la reflexión que hace Beatriz Sarlo ha apelado a un pensamiento marchito que anida en muchos intelectuales". La clave parece estar en "pensamiento marchito", pero nunca indica a qué se refiere. Por último, retoma su "objeción" y critica a Sarlo por hacer "una serie de interrogantes sobre lo que digo, pero lo importante es lo que yo haga". Lo que hizo, justamente, es darle un sesgo partidario a un cargo gubernamental que por definición debe proyectarse más allá de la particularidad del partido.
Hasta aquí, entonces, no hay respuesta alguna y la crítica de Sarlo sigue indiferentemente en pie.

Pero lo que queremos destacar no son tanto los detalles del caso como el que los dichos de Coscia hayan sido tomados como una respuesta válida.
E
n su edición digital, Crítica advierte sobre una "dura respuesta" del secretario a Sarlo y poné así la atención sobre el insulto y no sobre la idea; el título de la edición en papel -"Una idea marchita critica la marchita"- insiste en la misma dirección: importa el desdén pero no el argumento.
Ahora bien, si se quiere dar cuenta de una discusión, sólo puede importar que la respuesta haya sido pertinente y no "dura", sólo interesa una réplica que como mínimo articule algún pensamiento en lugar de desestimar sin más. Es exactamente lo contrario a lo que sucede en este caso y en tantísimos otros en los que el periodismo sólo se limita a llevar un registro neutro de los turnos en los que habla cada quien, sin entender nada de lo que dicen. Vale así la "forma" y no el "contenido", y esto implica que se puede cumplir con la primera desestimando por completo la segunda. Este criterio abre la posibilidad de que cualquiera pueda responder públicamente sin rendir cuentas por aquello sobre lo que responde, es decir, que sólo simule una respuesta sin darla verdaderamente. Si sólo importan los turnos, las discusiones parecen encontrar su sentido en quién habla último y no en quién habla mejor.

lunes, 13 de julio de 2009

Clarín | La foto del equívoco

Clarín, edición del 11 de julio

Repentinamente, esto es atendible. "De esta foto habló todo el mundo", empezando por el gran diario argentino, al que le bastó ese dato para ponerla en la primera plana de mayor tirada en el país. ¿De qué se trata? Una foto en la que Obama parece examinar las curvas de una joven brasilera. Pero, tal como avisa el título, no es más que un "equívoco": resulta que Obama estaba pendiente de otra mujer, fuera de cuadro, a quien se disponía a ayudar para subir los escalones. ¿Cuál es entonces la noticia? ¿Por qué una primera tapa? ¿Por qué siquiera publicar un "equívoco" semejante? Estamos desconcertados.

Supongamos, primero, que la imagen fuese inequívoca, que la apariencia fuese la realidad. ¿Qué podríamos sacar del asunto? Podría ser una amenaza para la imagen de "hombre de familia" que se ha construido en torno a Obama; en el peor de los casos, el presidente norteamericano podría acercarse al club de casanovas al que pertenecen Lugo, Sarkosy, Berlusconi, todos con amoríos indebidos, y que fue fundado nada menos que por un compartiota: William Jefferson Clinton (o John Fitzgerald Kennedy, allende estos lustros). La omnipotente popularidad de Obama se vería socavada por el impulso lascivo, su heróico carisma enroscado y vencido por una cintura cualquiera.
Pero ¿sería todo esto justo, exacto? Aun cuando su mirada hubiese estado puesta donde parece, ¿implicaría eso un descuido hacia su familia, hacia su cargo y su país? La fotografía puede responder "sí" porque vale como un símbolo que se proyecta sin que sea posible atajarlo, un instante simple y unívoco que sella fatalmente la unión del sujeto con su predicado*: Obama es lujurioso. ¿Qué podemos esperar de un representante del pueblo que no es capaz de abstenerse ante las caderas de una adolescente?
El sentido común, en cambio, agita la quietud icónica y replica "no"
: que un hombre se distraiga con el cuerpo de una mujer es algo tan ordinario como insignificante, ese momento no cifra la idoneidad ni el caracter de nadie y es tan banal que no merece nuestra atención. "¡Pero es el presidente de Estados Unidos!", insiste alguien sordo y horrorizado. ¿En qué cambia eso la cuestión? Si el acto es inesencial en sí, ¿por qué habría de revelarnos algo especial en el caso de un presidente? ¿Acaso se juega en esa mirada su calidad como "representante del pueblo"? ¿Puede inferirse a partir de una sola fotografía que el presidente tiene un gusto especial por las adolescentes o que se detiene a mirar -y desear- cada par de piernas que le cruzan por delante? En honor a la brevedad, la obviedad y el hastío, respondemos a todo esto con un general NO**.

Pero aun otro nos advierte, con una media sonrisa: "¿Por qué tanta discusión por algo de tan poca importancia?", y entonces entramos en el quid de la cuestión.
Ciertamente, el "hecho" que se discute -los ojos de Obama sobre una mujer- es del todo trivial; lo importante es entender por qué un diario consagra algo tan frívolo a su primera plana o siquiera a una de sus páginas. Hasta ahora hemos considerado el asunto bajo una concesión: que la imagen fuese veraz. Desde aquí, queda claro que no hay nada que destacar y el criterio editorial se revela así como irremediablemente tonto (y ningún diario -ni nadie- quiere ser tonto).
La verdad del caso es aun peor, porque la fotografía ni siquiera está retratando lo que insinúa. ¿Por qué motivo publicar algo que se sabe falso? Para desmentirlo, sin duda (eso, claro, suponiendo que se tratase de algo importante). Aquí, sin embargo, el equívoco no es lo que se quiere despejar sino precisamente lo que se quiere hacer valer: la foto en tapa anima, aunque sea por un día, ese momento que no fue; su sentido no es otro que el de jugar con la ilusión, el de promover esa ambigüedad contra la que nos quiere poner en guardia. La paradoja, la hipocresía, está en pretender mediar lo inmediato, en alertarnos sobre la falsedad de algo que quiere y que necesita presentarse como verdadero.
Clarín no ha podido resistirse al regocijo de la inmediatez, a esa diversión obtusa y degradada que se las ingenia para interesarse por un chiste sin gracia. Para colmo, justifica la fotografía con una nota dedicada a la señora en cuestión, esa misma que nos presenta de espaldas.
No es un crimen, es simplemente algo tonto: un hecho que, de ser cierto, sería insignificante y que, siendo falso, quiere jugar a no serlo. Doble insignificancia. Triple, porque está en primera plana. ¿Para qué? Para que viva la banalidad. Para que viva la nadería.

* No tanto importa aquí cómo funciona la Fotografía sino la "comunicación política", tan tosca, pueril y urgente. Es un lenguaje que tiene el poder de multiplicar la cantidad de "fascistas" y "comunistas" a su antojo y al que le es lícito sugerir -como nos recuerda Tomi B- que "plantemos un pino en el Congreso". A esto referimos con la poderosa distorsión que puede ejercer una fotografía "política". El espectáculo supone, a su vez, la necedad trascendental de sus espectadores; no podemos desarrollar aquí el tema, pero nos contentamos con el lamento de un florentino: "El vulgo se deja seducir por las apariencias y el resultado final de las cosas, y en el mundo no hay más que vulgo".


** Con estas preguntas, la razón media con la imagen, con la unilateralidad de lo presente. Hay que destacar que, para algunos -para muchos (para casi todos)-, esta última es la que tiene mayor fuerza, una energía casi irresistible. Una vez que se ha desarticulado racionalmente la apriencia, la "imagen" puede aparecer nuevamente para presionar con su simpleza y disipar los movimientos de la razón. Pero la insistencia de lo inmediato es una redundancia nula, porque su verdad es dada justamente por la mediación: una vez que la cosa ha sido pensada, no puede volver a su "forma original" y de vuelta prometernos un contenido distinto del que la constituye.
En el caso que tratamos, la fotografía no tiene ya valor o poder alguno ante una mirada atenta.

miércoles, 8 de julio de 2009

Palabras + Palabras - | El peronismo "concreto"



Palabras + Palabras -, edición del 7 de julio


Acaso se deba al interlocutor el que la idea no haya caído con el enorme peso que le corresponde. O no: quizás hubiese pasado ante cualquiera como una idea entre otras, como una observación menor e improbable que puede sacudirse sin demasiado esfuerzo. Al margen de la indiferencia o la desatención con que se la haya escuchado, destacamos aquí su verdad capital, porque lo que dijo Tenembaum es profundamente cierto y plantea un punto de vista ineludible para todo aquel que quiera juzgar las cosas por lo que son.

"No hay un peronismo ideal, utópico: el peronismo es Menem y Kirchner", dice el conductor.
Es inmenso; es sencillo y a la vez enteramente verdadero. Si se quiere, la metafísica sobre la que se apoya la idea afirma "es lo que hay" o "lo que hay es lo que es". Contra todo intento de apuntar el dedo hacia "un más allá" que encarnaría al "verdadero peronismo", hacia un eterno punto de fuga que pueda renovar incesantemente la legitimidad de un nombre y de un partido con la indeterminada y ausente promesa de "lo que debe ser", Tenembaum señala rigurosamente que "lo que ha sido y lo que es" es el contenido concreto, cabal e ineludible de lo que se refiere cuando se dice "peronismo".

Salvo dos, los últimos 18 años han demostrado que "cuando gobierna el peronismo, hace desastres". Es decir: el peronismo ha sido estos desastres que lamentamos, y ya no es lícita -nunca lo ha sido- la excusa de que "eso no es peronismo".
Es aquella que Barrionuevo quiere hacer valer cuando, luego de afirmar que el kirchnerismo es "imbécil", dice que Menem no cumplió con dos premisas del peronismo: el trabajo y la justicia social. Pues bien: el peronismo es, ahora, un partido que no cumple con sus objetivos históricos; el peronismo es, ahora, un partido cuya gestión ha "hundido" reiteradamente a todo el país. Si se acepta el diagnóstico de que los gobiernos de Menem y de Kirchner han fracasado, la conclusión es inexorable: quien ha fracasado es el peronismo mismo.


Es posible que muchos se resistan a ver la fuerza lógica del argumento e insistan con que ni Menem ni Kirchner son el peronismo. La pregunta entonces cae de madura: ¿qué es el peronismo? ¿Quiénes son? ¿Dónde están y qué han hecho? Sobre esto, hay que destacar que con "Menem" y "Kirchner" no se refirere a dos nombres solitarios sino a una gestión entera, a un enorme grupo de gente que, como ellos, también son "hombres del peronismo"; bajo la cabeza visible se articula una estructura operativa que alza la bandera del General. Es fácil imaginar los grandes espacios por los que puede haberse perdido el "verdadero peronismo" cuando "la traición" se reduce a un par de hombres, pero, al considerar las cosas como son, los resquicios se van colmando y ya no quedan lugares por donde pueda haberse escurrido la esencia. En todo caso, una interpretación responsable deberá hacerse cargo del hecho de que la madre santa haya engendrado tantos traidores en su seno.
Por otro lado: ¿cómo es posible que haya que renegar de los nombres más importantes de un partido para entender su naturaleza? Los líderes no son tales por gracia del azar: sólo llegan a la cima de la pirámide quien la conocen mejor; los tronos los ganan los reyes y en su corona se dibuja el perfil de su séquito. ¿En qué claustro se esconden los inmaculados adalides de la causa, ajenos a las gentes y las costumbres del palacio? ¿Cargan ellos también con un ejército de fieles?
Aguardamos a estas furtivas huestes de la Verdad.
Entretanto, destacamos otra justificación que pretende eludir la firme sentencia de Tenembaum: el comodín de siempre, "la democracia es joven, vamos aprendiendo". Quien vea en esto una respuesta, haga el favor de explicarlo; para nosotros no es más que un enunciado cualquiera que en nada atiende a la idea que acaba de plantearse, una afirmación vacía que puede justificar cualquier contenido en pos de un telos incierto pero, curiosamente, mejor.

Por último, Barrionuevo repite jocosamente una frase de Perón: "son tan malos los que nos preceden, que nosotros somos óptimos". "Así de óptimos que parece que son", responde Tenembaum, "cuando agarran el país lo hunden". Barrionuevo contesta "vos tenés razón" y enseguida empieza a hablar de la Argentina que quiere ver, como si con eso respondiese a la denuncia.

La idea no prospera más allá de las palabras del periodista, pero ha quedado dicha y acaso amerite un programa entero, una larga exposición que defina su alcance y derrumbe todas las argucias que pretenden desplazar el contenido fuera de su forma, ubicar la verdad ideal por fuera de sus manifestaciones concretas.
Pero todavía resta un problema: Tenembaum advierte que todo lo dicho puede "sonar muy gorila, y por ahí lo es". Es una concesión tan lamentable como innecesaria.
Sugiere que el valor de lo dicho puede llegar a diluirse en la formalidad del "gorilismo", que el sentido de la idea puede reducirse a una consigna antiperonista que no propone un pensamiento objetivo sino sólo un clamor antagónico. Es ridículo. El fundamento de la idea trasciende el objeto al que refiere; como se dijo antes, todo se apoya en una sólida afirmación: "lo que hay es lo que es". De hecho, ese mismo criterio sirve para objetar a los acérrimos defensores del libre mercado cuando, frente a una inmensa crisis financiera, aseguran que el problema se debe a que no se instituyó el verdadero liberalismo. Lo importante es el argumento y no a quién se aplica. Esto es algo tan básico que no merece ser aclarado y, sin embargo, es la regla que parece desconocer la advertencia de Tenembaum. Quienes asientan a su aclaración, quienes no descubran otra cosa que un nuevo "argumento gorila", delatan su incapacidad para abordar un argumento y son por eso indignos de concesión o explicación alguna.

El necio fervor es mudo ante la fuerza de una idea. Aquí la hacemos valer por lo que es, la hacemos valer por importante y verdadera, para ceñir los juicios a lo dado y no a lo posible y para exigir respuestas ante lo que hay, ante lo que es.

martes, 30 de junio de 2009

La Nación | La vieja "campaña sin propuestas"...

Tres días antes de la campaña, lo que estuvo faltando todos estos meses...

Varios medios -en este caso,
La Nación- se lamentaron de que en esta campaña no se hayan discutido ideas, propuestas y demás. Es un tema que se discutió en notas como esta, esta, esta y otras más como si se tratase de un dato característico: nos dan a entender que, en tiempo de elecciónes, es de esperar que los candidatos salgan a explicar sus proyectos, que pongan sobre la mesa los problemas que juzgan importantes y discutan sus posibles soluciones, pero que todo esto es algo que esta vez no ocurrió. Curiosamente, es el mismo diagnóstico que, hace seis años, el diario hacía sobre las elecciones presidenciales en una nota que llevaba el mismo título que la primera señalada anteriormente. Fue un problema que tanto La Nación como Carrió denunciaron ya en el 2005 y que, desafortunadamente, parece haber ocurrido también en el 2007. Hay que notar que hace una década alguien insinuaba premonitoriamente todo este asunto, aunque Fernández Meijide lo había señalado en la campaña de 1997.
Al repasar todos estos antecedentes, parece que la falta de propuestas no ha sido tanto un problema de estas elecciones como de todas las elecciones en general. De ahí que resulte practicamente nulo un análisis que destaque la "falta de propuestas" como un atributo para entender o evaluar la campaña. De haber sabido esto, el diario seguro se hubiese prevenido y, en lugar de esperar a que los candidatos presenten sus ideas quién sabe dónde, las hubiesen ido a buscar ellos mismos para que aparezcan en los medios, un espacio visible para este y otro tipo de cuestiones. De todos modos, La Nación se hizo cargo del histórico déficit y, tres días antes de las elecciones, publicó las tan requeridas propuestas de los candidatos:

La Nación, edición del jueves 25 de junio
Pero, a todo esto, cabe la pregunta: ¿dónde sino en los medios estarán las propuestas al alcance del "gran público? ¿Quién sino los medios le exigirán a los políticos discutir lo que se debe y cómo se debe? Es paradójico -por no decir absurdo- que un medio se queje de la ausencia de determinados temas en la agenda, pues son ellos mismos quien decide su contenido: se quejan de que no se cumple un trabajo que ellos mismos deben cumplir.
Un indignante, antiguo y reiterado fracaso.

jueves, 18 de junio de 2009

Diario Crítica | La timba electoral


Lo diremos con urgencia: que un diario elabore un "juego" a partir de las elecciones no tiene en sí nada de banal. No implica necesariamente una pobreza en el periodismo o la política.
Dicho esto, pasamos a lo que importa:

El diario Crítica ha elaborado un juego cuya estructura dibuja el reverso de lo que ha sido el tratamiento mediático de la campaña electoral: de estar ausente en los medios, el
contenido de la política -o parte de él-, las "ideas" a las que debería de referirse el criterio del votante, aparecen ahora en la forma -acaso "simbólica"- de un juego.
El sentido, la dificultad de "La Timbra Electoral" se apoya en el supuesto de que el jugador ignora aquello que forma parte esencial de la política: debe "adivinar" la postura de un candidato frente a distintos temas* (se habrá advertido que la ignorancia que supone el juego es la misma que resiente el voto).
Una vez que ha terminado de responder, se cotejan las respuestas del jugador con las respuestas del candidato y -lo más significativo- se indican los argumentos sobre los que se basan estas últimas:

En el último paso, vemos un esquema que compara las respuestas de los distintos candidatos:

Temas, argumentos y comparaciones, nunca vistos de manera tan directa y precisa en medio alguno.
La pregunta es ¿por qué no es posible que los medios explayen el principio de este juego y se dediquen exponer el contenido de las elecciones, de la legislación, de manera tan clara y sistemática?
O más bien: ¿cómo es posible que no lo hagan?
Retomando la advertrencia del principio: es ante -y no en- "La Timba Electoral" que los medios delatan su pobreza. Esto no quiere decir que los esquemas del juego ofrezcan un modelo productivo para analizar la política, es tan sólo que éste se basa en un contenido esencial que es soslayado por quienes deberían atenderlo.

* Sin duda hay quienes sí saben las respuestas, pero la razón de ser del juego es que no se sepan.

jueves, 11 de junio de 2009

A Dos Voces vs. Después De Todo | Francisco De Narváez Parte II




Después de Todo
, 13 de mayo

La carta que se menciona al principio del primer video es esta. La discusión, si bien resuelta, no deja de ser muy interesante.

Tras los primeros dos minutos y medio -en los que De Narváez hace un breve diagnóstico de la situación de los votantes de la provincia y de los problemas y vicios de la clase política- comienza propiamente la entrevista, y ya desde ese punto comienza a diferenciarse de la hecha en A Dos Voces.
En lugar de partir de las encuestas o de cualquier otro tema puntual que tenga a De Narváez como protagonista, Lanata primero esboza un perfil del entrevistado, destacando ciertas características que definen su figura dentro de la coyuntura política. Señala que es "una incógnita para la mayoría de los políticos", en parte por tener nacionalidad colombiana, para luego pasar a su pasado político dentro del menemismo. Luego pasa al tema de la fortuna de De Narváez, que ofrece un primer punto de comparación entre la labor de Lanata y la de Bonelli y Silvestre:
Mientras que estos lo abordan desde la legalidad del financiamiento de la campaña, aquel se interesa por el patrimonio general. La "polémica" en torno a la legalidad es sin duda más importante para el asunto en cuestión -a saber, la candidatura de De Narváez-, pero, por un lado, Lanata hace la pregunta dentro de la descripción general del candidato -"es un tema el tema de tu plata", dice- y, por otro -el más importante-, presenta la declaración jurada de De Narváez. Este es el primer ejemplo de un trabajo conrecta y coherenemente periodístico, un recurso que no utilizan en forma alguna los conductores de A Dos Voces. Es más: mientras que ellos aluden a los medios sin nombrarlos, Lanata menciona específicamente a la revista Noticias como una fuente para indagar el asunto.
Pero al margen de la aspecto "técnico" de su labor, la tónica que domina la entrevista parece ser del todo transparente: "hablemos de tu plata", propone el conductor, y luego exige "decime una cifra (...) podés decir una cifra". Si bien De Narváez evita siempre la respuesta, la incomodidad del tema es puesta sobre la mesa en lugar de dejarla flotar tácitamente en la conversación. Esta insistencia "cordial" lleva al entrevistado a hablar sobre su fortuna y para derivar en su llegada a la política. El hecho no es menor, pues el candidato refiere aquí el origen y el sentido de su proyecto dentro de la política, incluso haciendo un mea cupla sobre su pasividad ante la inminente crisis del 2001 ("No supe, no pude o no quise hacer nada para que no pasara").
Todo se ha articulado coherentemente para formar el perfil del candidato. Ahora Lanata comeinza a tocar los temas que circulan en los medios en torno a las elecciones y demás.
La diferencia esencial con A Dos Voces es que Lanata exige a De Narváez dar cuenta de su punto de vista y de su conducta frente a esas cuestiones. Al contrario de lo que dice De Narváez, por ejemplo, el conducto destaca que "en los papeles" la elección no es definitiva y por eso pide a su entrevistado que explique por qué afirma lo contrario, que explique en qué radica la importancia de las elecciones. El contenido es neta y fríamente político*, es el tipo de discusión que
propiamente debe ofrecer un candidato.
De aquí se pasa al momento más importante de toda la entrevista, pues pone en cuestión la labor concreta que De Narváez ha ejercido como diputado y, por consecuencia, la labor que podría llegar a ejercer. Lanata, cumpliendo nuevamente con su trabajo de periodista, repasa los proyectos presentados por De Narváez y argumenta que se trata de inciativas mayormente insustanciales. El candidato se ve forzado a justificar su desempeño, a explicar qué es lo que "debe y puede hacer" un diputado y a mencionar otros proyectos de mayor relevancia que los que refiere Lanata.
A medida que se suceden los temas -que son exactamente los mismos que se repasan en A Dos Voces**- el tratamiento es el mismo: Lanata hace una lectura propia del asunto desde la que luego cuestiona a De Narváez. No sólo quiere hacer valer su punto de vista sino que atiende a la respuesta e indaga en ella, buscando su sentido y su consistencia. El resultado es una verdadera charla en la que tanto Lanata como De Narváez participan con interés, dando lugar a que las cosas se traten de manera pertinente y sustancial. La actitud de Lanata invita a que su entrevistado se sienta cómodo: es él quien pregunta y quien juzga las respuestas y eso evita, al menos en gran medida, que lo dicho deba estar pendiente del "qué diran" para entonces diluirse en una retórica esquiva o embanderarse con los eslóganes de campaña.
Esta es una discusión seria en la que se habla de las cosas, y no un juego
histérico en el que el entrevistado debe eludir los golpes. De Narváez se presenta como diputado y aquí se ha preguntado, se ha investigado y se ha pensado en quién es él y qué implica su pretensión.

* De Narváez primero explica la importancia del equilibrio dentro del Parlamento y luego pasa a enumerar los temas que desde su bloque quieren poner en agenda.
** Luego de los mencionados se pasa a los requisitos para una gestión efectiva en la provincia de Buenos Aires (particularmente referida al tema de "la in/seguridad"), a la causa de la efedrina y luego al de la "convivencia política". Respecto de este último, Lanata, en lugar de procuparse por que alguna declaración haya "caído como una bomba", dice directamente "no creo en la alianza" entre Macri, Solá y De Narváez.

martes, 2 de junio de 2009

Diarios | El avión misterioso

Tapas del 2 de junio
Página 12 y Crítica aluden a la serie "Lost"; Clarín y La Nación hablan de algo "misterioso"

La noticia del día es que un avión de Air France "desapareció" en pleno Atlántico.
Nadie toma en serio que el avión haya realmente desaparecido
, pero el hecho de que se haya perdido contacto con él y de que sus restos todavía no aparezcan basta para dar un sesgo "misterioso" a todo el asunto.
La intriga interesa, por más que no sea cierta ni esencial.
¿Qué hay de importante en la caída de un avión? Las víctimas, se responde primero. Los medios apuntan su número, nacionalidad y algún detalle más; pero, si bien en estos accidentes la cantidad de víctimas suele ser estremecedora, no hay mucho que pueda decirse al respecto.
Más importante parece ser la posibilidad de que haya habido negligencia, responsabilidad, o, por otro lado, algún error o defecto en la constitución del avión, en el diseño de las rutas aéreas, en la estructura general de todo lo que hace a la aviación (comercial, en este caso). De ser así, la noticia podría proyectarse más allá del acontecimiento singular y dar paso al examen de los problemas de una de las principales vías de transporte de todo el mundo.

No es el caso: ante tamaño accidente, lo primero que ofrecen los medios es un "misterio" que apela (no tan) disimuladamente a los relatos fantásticos que pueblan el imaginario colectivo: el triángulo de las Bermudas, los extraterrestres y, con rigurosa actualidad, "Lost". Pero la alusión se agota en el título: ninguna nota habla de fuerzas paranormales o de dimensiones paralelas; más bien dan por sentado que el avión cayó al mar y así el enigma se reduce a que todavía no se ha podido establecer la causa de la caída*.
En todo caso, si hay algo de misterioso en todo esto es que todos los diarios, salvo La Nación, hayan relegado
el "aval judicial a cuestionadas candidaturas" (Clarín) a un segundo plano**.

* El diario Crítica es el único que denuncia ese juego banal en torno a la incertidumbre ("No es Lost", dice el título).
La tapa, sin embargo, está consagrada al accidente que, como ya se ha dicho, no ofrece más que su simple desgracia; los detalles, el enfoque y el énfasis no cambian el hecho de que ahí no hay mucho que mostrar.

** Damos por sentado que se entiende el importante problema que plantean las "candidaturas testimoniales".